Fueron doce momentos encadenados al pasar de la mano por el tablero.
Un apasionado instante. Después vino la de siempre. La calma misteriosa. La desesperación masiva. El ruido. Un color. Fueron doce instantes detallados en el libro de Illém. Doce fugaces latencias que permanecen dejando que el paso de rey a mendigo sea rápido, o lento pero que surja. Doce instancias de aproximación. Mi corazón te dije, no dejes el palpitar de la noche repicando en nuestro silencio. Porque lo que repica no descansa. No huele a lapso de conexión. No se traslada a próximo futuro, no adelanta -dijo.